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Escritos de Fe

La esperanza del diagnóstico

sanjose

Celebramos ya el tercer domingo de Cuaresma, en el que Cristo se nos revela como el agua viva que salta hasta la vida eterna. Cristo es el agua que apaga nuestra sed y es el que pone el manantial de esta agua en nosotros. Pero tal y como nos lo narra el pasaje del evangelio, Jesús se tiene que encontrar con una mujer sedienta, que es la samaritana, para que, aprovechando la oportunidad, Él se pueda revelar como el agua límpida y pura que no encontraremos en ningún otro pozo.

Jesús se hace el encontradizo y le pide primero de beber a la mujer, sabiendo que le dará una agua picada e insalubre, pero Cristo quiere que ella se dé cuenta. Vemos así como Cristo en ocasiones tiene que beber del agua que le damos para que por el daño que le causamos nos enteremos de nuestras enfermedades.

Jesús le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: Señor, veo que tú eres un profeta. (Jn 4, 16-19).

Nosotros también tenemos hoy una gran sequía que nos va consumiendo por dentro, y que nos aleja de la salvación que es el agua viva. Lo peor es no querer darse cuenta de los síntomas. El fingimiento voluntario es algo que nos degrada como seres humanos. En estas últimas semanas ha salido a la palestra un debate que estaba hasta la fecha activo pero no en erupción. Me refiero a los argumentos en los que se viene acusando de odio, discriminación, ofensa e intolerancia, a los que ponemos el acento en la biología y no en el sentimiento de cada uno, respecto al supuesto derecho de elección del género deseado o del sexo. Palabras por cierto (odio, discriminación…) cada vez con menos significado.

Podemos fingir que no pasa nada porque podríamos comulgar con otra rueda de molino más, pero la oportunidad que nos da el escaparate de los medios sería bueno aprovecharla y recordar, no la ideología, sino la visión que del hombre y la mujer tiene Dios, y queremos tener también nosotros con todos: la verdad, pero siempre con amor.

El hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”: no que Dios los haya hecho “a medias” e “incompletos”; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser “ayuda” para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas (“hueso de mis huesos…”) y complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando “una sola carne” (Gn 2,24), puedan transmitir la vida humana: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gn 1,28). (Catecismo de la Iglesia Católica, punto 372).

Parece que en este nuevo milenio el hombre moderno, a gran escala y a pequeña escala, quiere hacer desaparecer dos elementos indispensables de la vida humana: la procreación y el instinto de supervivencia. ¿Cómo? Con dos lemas muy conocidos: no tengas hijos, descubre tu género (puede haber hasta veintitrés diferentes) y, no a la violencia, incluso no a la legítima defensa.

El mundo loco que nos gobierna parece que ha abandonado hasta lo que dice la ciencia y la biología (la naturaleza se equivoca y hay que asignarte otro sexo), y ya sólo nos gobierna el gusto, la sensación o la opinión. Señor danos de tu agua viva, Patriarca San José ruega por nosotros.

Auditoria espiritual

cuaresma

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. (Mt 4, 1-3).

Este primer domingo de Cuaresma nos recuerda dos cosas muy importantes para nuestro particular camino penitencial, y que son, a saber, el impulso del Espíritu Santo y las tentaciones del demonio. Nosotros también estamos en este particular lugar teológico, entre la fuerza del Espíritu que nos invita a orar más por un lado, y el provecho de enfrentarnos al Maligno y sus tentaciones para saber bien qué es lo que nos alimenta, la Palabra de Dios viva que es Cristo.

Aquí una clara explicación:

El evangelio de este día, al indicarnos que Jesucristo se retiró al desierto, no dice que fuera para huir la compañía de los hombres ni para orar; sino a fin de ser tentado. Y eso, para darnos a entender que el primer paso de quien pretende consagrarse a Dios ha de ser dejar el mundo, con el fin de disponerse a luchar contra el mundo mismo y contra los demás enemigos de nuestra salvación. En el retiro, dice san Ambrosio, es donde precisamente ha de contar uno con ser tentado y expuesto a muchas pruebas. Lo mismo os advierte el Sabio al afirmar que cuantos se alistan en el servicio de Dios deben prepararse para la tentación. Ésta les resulta, efectivamente, muy provechosa; pues se convierte en uno de los mejores medios que puedan emplear para verse enteramente libres, tanto del pecado como de la inclinación a pecar. ¿Habéis creído siempre que, para daros de todo punto a Dios, debéis disponeros a ser tentados? ¿No os causa sorpresa el que a veces os acose la tentación? En lo sucesivo, vivid siempre preparados para ella; de modo que podáis sacar todo el fruto que con la tentación intenta Dios producir en vosotros. (San Juan Bautista de la Salle).

Hoy se nos hace patente, como siempre, una tentación ligada siempre al hombre de fe, a aquel que busca la voluntad de Dios en mitad de los secarrales de la vida. Desgraciadamente hemos de constatar que hoy por hoy, como católicos, no contamos con ninguna representación en nuestros parlamentos ni instituciones, nadie nos representa, es más, algunos católicos coherentes están casi a las puertas de los presidios.

Todos se han posicionado claramente, y hemos de lamentar el gran eclipse de Dios, la ignorancia voluntaria de la Ley Natural y, por otro lado, el escaso interés de muchos católicos de revertir esta situación. Esto supone para nosotros un desierto: no ha de ser una desgracia, podemos sacar de todo ello una gran gracia, hemos de fiarnos de Cristo en el desierto. El mundo hostil que nos rodea quiere panes; quiere que las piedras se conviertan en panes pero no les interesa lo más mínimo Cristo, aquel que puede saciar nuestra hambre y alimentarnos con la eternidad.