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¿Es necesario creer en Dios para hacer el bien?

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En un diálogo con un ateo, éste decía: «Vosotros, los creyentes, necesitáis de un Dios que os diga que tenéis que hacer el bien. Yo, en cambio, no lo necesito, porque sin creer en Dios sé que tengo que hacer el bien, nadie me lo tiene que decir». Expresada con la contundencia con la que hablaba, esta frase causaba un gran impacto. Nuestro amigo ateo nos decía a los creyentes que nuestra ética necesitaba apoyarse en el mandato de un ser para él fabuloso e inexistente, mientras que la suya brotaba de sí mismo; con este argumento afirmaba que la ética creyente es y será siempre inferior a la ética atea. Pero, ¿es realmente cierto lo que sostiene?

En primer lugar, ¿en qué fundamenta nuestro amigo los conceptos del bien y del mal?, ¿cómo sabe o determina lo que es bueno y lo que es malo?, ¿acaso lo que está bien y lo que está mal lo decide él? En ese caso, todo el mundo podría tomar su propia decisión y vivir en un mar de contrariedades: lo que estaría bien para unos no lo estaría para otros y lo que sería bueno para unos no lo sería para otros. ¿Cómo podemos tener una idea acerca del bien y cómo podemos ver el mal en contraposición al bien? No por un consenso general, porque en un mundo tan pluralista y lleno de contrariedades sería imposible llegar a un acuerdo; en todo caso, los más fuertes tendrían que imponer su idea de bien a los más débiles y eso no sería justo, por lo que tampoco correspondería con el bien. Es necesario, por tanto, que haya una instancia superior y objetiva a la cual todos podamos remitirnos, y esta instancia es el Bien mismo, más allá de nuestras decisiones y consensos, una realidad trascendente a la que llamamos Dios y que la revelación cristiana ha dado a conocer a nuestra sociedad a lo largo de los siglos.

En segundo lugar porque la Iglesia, durante los dos milenios de su existencia, ha enseñado e insistido en la predicación, la catequesis y la enseñanza en las escuelas, que debemos hacer el bien –de acuerdo con la idea ajustada a Dios de la que hablábamos antes–, y eso ha acabado calando hondo en nuestra sociedad. En la sociedad pagana en la que la Iglesia tuvo que empezar a predicar el Evangelio, la obligación de hacer el bien no era algo evidente. Y en nuestra sociedad, donde se busca muchas veces el propio provecho antes que la utilidad común, no siempre es fácil recordar que es necesario hacer el bien, e incluso hay quien mira de redefinir este concepto para llevar el agua a su molino.

Así pues, cuando una persona no creyente afirma hacer el bien –y en muchos casos su actuación puede ser mucho más meritoria, desinteresada y noble que la de una persona creyente– es porque tiene una idea de bien que el cristianismo le ha proporcionado, tanto si alguna vez estuvo dentro de la Iglesia como si no lo estuvo nunca, y porque vive en una sociedad en la que la fe cristiana ha modelado las conciencias para reconocer el bien y ha insistido en que debemos obrarlo. Por eso, aunque a nivel individual alguien pueda decir que no necesita creer en Dios para hacer el bien, sí que necesita que haya un Dios que señale la pauta ética de nuestras actuaciones, y también necesita vivir en una sociedad en la que este Dios sea reconocido y obedecido por la mayoría de sus miembros; de otro modo, lo que imperaría sería la ley del más fuerte.

Avisos y comunicaciones

Vida Creixent: Lunes 27 y martes 28 de marzo a las 16:30.

Via Crucis: Todos los viernes de Cuaresma, a las 19:00 en la iglesia.

Celebración comunitaria de la Penitencia: jueves, 30 de marzo a las 20:00. Lecturas y examen de conciencia en comunidad, confesión y absolución personal.

Reunión pre-bautismal: sábado 1 de abril, a las 10:30 en la iglesia.

Peregrinación a Tierra Santa: Del 31 de julio al 10 de agosto. Información e inscripciones en el despacho parroquial.